Recordando a mi padre: Miguel Martínez Villicaña.

Papá en JanamuatoA mi padre: Miguel Martínez Villicaña. 

Mi padre fue un hombre sencillo del campo. Se casó a los 36 con una jovencita de 17 años y con ella tuvo doce hijos. Nunca nos dieron lujos, pero tampoco nos falto nada en casa.

Familia Martínez GómezLa mayoría logramos concluir una carrera universitaria gracias a su esfuerzo y a pesar de que él, mi padre, sólo había estudiado hasta primero de primaria por cosas de la Revolución.

Su vida laboral empezó desde muy chico, hasta donde recuerdo, fue a los 11 o 12 años que puso su primera tienda de abarrotes, en Janamuato, el pueblo donde nació y creció.

La primera tienda que puso de jovencito, lo hizo con las monedas de plata que le dio un revolucionario con el que se topó a las afueras de Janamuato, a cambio traerle a él y sus compañeros, vasos con agua ardiente jarrito agua ardientede la cantina del pueblo. Miguel dio varias vueltas corriendo hasta la cantina para traer lo que le habían encargado y por cada vuelta recibía una moneda.

Él estaba contento de estarse ganando su primer sueldo, pero la alegría se nubló un poco cuando se lo contó a su madre, la abuela Virginia, y ella, con tono preocupado, le dijo: “¡Ay, hijo!, debe ser dinero manchado con sangre”, pero Miguel, sonriendo, le dijo que no, que él se había ganado con su trabajo las monedas y por lo tanto era dinero limpio, por lo que no tenía que preocuparse.

Así fue como, desde muy temprana edad, inició su vida de comerciante que perduró durante toda su vida, y con la que fue capaz de sacar a su joven esposa y a sus doce hijos adelante.

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Don Miguel

Mi padre era muy carismático, amable, bondadoso y algo vanidoso también. Siempre se sintió muy guapo y realmente tenía muy buen porte y andaba muy erguido. Cuando ya era un anciano y padecía Alzheimer o demencia senil, yo lo tenía que rasurar sentado al sol en el patio de la casa de la Villa porque era friolento y le gustaba darse sus baños de sol cubierto además por un sarape que se ponía en las piernas. En una de esas ocasiones en que lo rasuraba, hizo un gesto de fastidio y me dijo: “¡Ya está bien!”, queriendo alejar con su mano la mía con el rastrillo. “No he terminado todavía papá. Déjame acabar para que quedes guapo”. Y el me respondió muy serio: “Ya estoy guapo”. “Pero más” – le respondí-. “Ya soy muy guapo”, me contestó. Y lo decía de corazón.

Pasión por las telenovelas

josé Bardina e Iran EoryMi padre tenía don de gente y solía caer muy bien a todos por tu trato afable con la gente, siempre dispuesto a apoyar fuera quien fuera. Cosa que hacía enojar a mi madre, por ejemplo, cuando daba fiado las mercancías de la tienda, o los zapatos, que también llegaba a vender en ocasiones entre las vecinas de la colonia y, aunque ellas se hicieran de la vista gorda y se tardaran en pagar, o de plano, nunca le pagaran, él nunca les cobraba.

Muy pocas veces lo vi salirse de sus casillas. Algunas de esas ocasiones fueron cuando se sentaba a ver las telenovelas. Era muy divertido verlo interactuar con la trama de la historia y con los personajes. Don Miguel dialogaba con ellos pretendiendo que lo escucharan. Se ponía muy nervioso cuando la protagonista no debía contestar el teléfono o abrir la puerta, porque le esperara algún peligro o algo desagradable.

telenovela antigua“¡No abras la puerta!”, “¡Contéstale, éste es el que sí te quiere!”, pero obviamente, la mayoría de las veces, la protagonista no le hacía caso y entonces, él se enojaba con ella. “¡Te dije que no le abrieras, caramba, pero no me hiciste caso ¿Por qué serás tan taruga?” En otras ocasiones se confundía y no identificaba cuando había terminado una telenovela y había comenzado la siguiente y unía una trama con la otra. Volteaba a vernos y nos reclamaba: “¿Pero éste porque sigue llorando si ella ya le dijo que sí lo quería?”. “Eso fue en el otro capítulo, papá. Ya terminó esa novela y estás viendo la de las “siete”. Pero él insistía: “Cómo es eso, no puede ser, si se lo acaba de decir.”

De nada servía advertirle que los personajes podían oírlo, ni se enteraban de sus advertencias, ni tampoco entendía que estaba mezclando las diferentes tramas, porque él nunca hacía caso y lo volvía a hacer creando sus propias historias muchas veces, más interesantes que las originales. Esto sucedía cada tarde cuando él se sentaba junto a mi mamá Pina, la abuela materna, a ver las comedias de la tarde. ¡Y que nadie se atreviera a molestarlo porque entonces sí lo conocerían enojado!. Tal vez esto fue lo que años más tardes me motivaría a convertirme en escritor de telenovelas.

Miguel Martínez VillicañaUn hombre imaginativo, inteligente y autodidacta

Papá era un hombre de historias; le encantaba contar las mismas anécdotas una y otra y otra vez hasta el cansancio, pero generalmente con un fuerte hábito de disgregación, pues se iban abriendo las historias, yéndose hacia otras partes sin terminar nunca con la primera. “¿Pero qué pasó entonces?” – lo espetábamos. “¿Con qué?”; “Con lo que nos estabas contando al principio”; “Pues sepa, ya no me acuerdo”.

Solía reírse abiertamente de sus experiencias como si hubieran acabado de suceder, aunque hubieran pasado ya muchos años. Para él siempre estaban frescas y lo más gozoso era ver como él las disfrutaba:

“Y entonces el hombre le grito al francés: Oye monsiur, dónde está tu escopetiur. Y el otro le contestaba: “No compren pan”. Y él soltaba de nuevo la carcajada porque le causaba mucha gracia. Nosotros, lo que disfrutábamos, era verlo a él tan entusiasmado con lo que nos contaba.

Escrita por Luis Fernando Martínez GómezUna vez, ya cuando padecía de su mal y no recordaba muy bien las cosas, me miró en el comedor escribiendo “a mano”, un capítulo de Con Toda el Alma. Vio que tenía muchas hojas escritas dispersas sobre la mesa y se quedó pensativo observándome mientras escribía. Al final me dijo: “¿De dónde sacas todo eso que escribes?”. Y yo le contesté: “De mi cabeza, papá. Son cosas que se me van ocurriendo y entonces las escribo. muchas son inspiradas en cosas que tú me has contado”. Él me miraba serio, luego asentía y me decía: “Sí, a mí me pasaba lo mismo. Nunca aprendí en la escuela a sumar ni a restar, pero las cosas siempre me salían solas de la cabeza hasta para llevar la administración de una hacienda”.

Y era verdad, mi papá había sido un autodidacta que por sí mismo había aprendido a leer, escribir y a hacer cuentas. Lo suficientemente bien para administrar la hacienda de alguien más o sus propias misceláneas que había puesto a lo largo de su vida.

Al respecto un día nos contó que, yendo de la mano de una tía y de un primo menor que él, la tía le dijo a su hijo: “¿Qué dice ahí? ¿Cómo se llama esa tienda?” Pero el primo, aburrido de que la madre siempre lo estuviera poniendo a prueba, no quiso contestar. Entonces ella, decepcionada y retando a su hijo, volteo a ver a mi padre, su sobrino, y le dijo: “A ver Miguelito, tú si vas a poder, dile a tu primo lo que dice ahí. ¿Cuál es el nombre de esa tienda?”.

El cisne negroMi papá que era un niño de 8 o 9 años se puso a sudar frío, pues no tenía la menor idea de lo que decía el letrero, ya que no sabía leer. Su primo, por ayudarlo, se acercó discretamente y le dijo al oído: “El cisne negro”. Mi padre, en automático, repitió lo que su primo le había dicho en voz alta: “¡A pues… El cisne negro!”. “Muy bien, Miguelito, muy bien.” Y volteando a ver a su hijo con cara de regaño le dijo: “¿Ya ves como tu primo si sabe?”.

Miguel niño se sintió tan aliviado y agradecido de que su primo lo hubiera rescatado de vivir semejante vergüenza que, a partir de ese día, fue varias veces por su cuenta a la misma esquina, hasta que fue deduciendo por él mismo, uniendo las letras y las sílabas, lo que ahí decía: “El cis-ne ne-gro”, y esa sola frase fue la base para que aprendiera a leer y a escribir a partir de ese momento. Así de inteligente era mi padre.

Los tres abrazos de mi padre

Mi padre no era muy afecto a las caricias ni al contacto, como todos los hombres de su edad, pero puedo identificar tres abrazos muy importantes que me marcaron durante toda la vida.

Papá Miguel y Fernando bebéEl primero no fue propiamente un abrazo. Cuando era un niño pequeño él solía cargarme en sus espaldas “a pupuchi”, cómo él decía y que, según me parece es un término purépecha. Él cruzaba los brazos detrás de su cintura, sosteniéndome, y yo rodeaba su torso con mis piernas regordetas y me agarraba muy fuerte de su cuello, así recorríamos varias calles, él cargándome de esta manera y yo sujetándome firmemente, y nos íbamos a casa de mis tías Vico y Tere, sus hermanas, para que nos prepararan algo rico de comer. Mientras ellas guisaban, yo jugaba con el gato de mis tías y mi papá se dormía la siesta en el reposet de mi tío el cura, roncando relajadamente.

Papá Miguel con sus hijos Fer y GabrielEl segundo abrazo significativo de mi padre, fue a mis ya bien entrados treintas, cuando se levantó y me abrazó se interponiéndose entre mi madre y yo, cuando ella, furibunda, me insultaba después de que yo les había confesado que era homosexual. Mientras mi padre me abrazaba protectoramente oí que le decía a mi madre con firmeza: “Deja ya de mortificar al muchacho, ¿no ves que está sufriendo mucho?”.

Ese abrazo lo había esperado toda mi vida, desde adolescente. Un abrazo donde él, como papá, me rescatara del dominio de mi madre que era tan sobre protectora. Representaba para mí todos los abrazos que él había omitido a lo largo de mi vida y con él sanaba muchas viejas heridas. Sentí en ese instante que todo se acomodaba en el lugar correcto y que ya no había pendientes entre nosotros, todo estaba en paz.

Mis padres Miguel Martínez V. y Carmen Gómez RiveraEl tercer abrazo fue durante su agonía. Yo había regresado a vivir a casa de mis padres a causa de una crisis económica y existencial. Fue el año más sanador de mi vida pues, al estar ahí con mi padre y con mi madre, muchas cosas pendientes en nuestra relación se cerraron y sanaron. El día al que me estoy refiriendo, una intuición o algo que no sé definir muy bien qué fue, me hizo decirle a mi socio, con el que estaba escribiendo una telenovela, que no iría a trabajar a su casa, que me quedaría a escribir en casa de mis padres.

En el momento en que colgué el teléfono escuché el grito de mi madre desde el patio de la casa, diciendo que papá se había desvanecido. Bajé corriendo las escaleras de concreto y lo encontré tirado en el piso. Entre mi madre y yo lo cargamos y lo llevamos a la habitación más cercana. Le pedí a mi hermana Eugenia, que también estaba presente, muy asustada, que fuera rápido a la cocina a preparar un té.

Cuando regresó con él yo tomé un pedazo de algodón, lo mojé en la infusión y humedecí los labios de papá que tenía muy secos, él comenzó a reaccionar y se aferró a mi camisa jalándome hacia él. Ya no tenía fuerzas para hablar, sólo un leve quejido y su mirada fija en mis ojos. “Tranquilo, papá, tranquilo”. – Le dije -. Entonces, él me empujó, como si necesitara espacio para jalar aire y respirar. De nuevo me volvió a jalar hacia sí y una vez más me hizo a un lado. Yo lo miré fijamente, escuchando detrás de mí los gritos de mi mamá y de mi hermana, que lo llamaban por su nombre y lloraban con desesperación, llenas de miedo.

vela apegándoseYo mantuve la calma y noté como los ojos color miel de mi papá empezaban a apagarse, como si de dos llamas se tratara. Poco a poco la vida se iba escapando por su mirada. Me acerqué un poco más, lo tomé del ligeramente de la nuca y, con mucha suavidad le dije: “Está bien, papá, suelta, suelta”. Entonces él, poco a poco, se fue calmando y fue soltando todo el cuerpo hasta quedar completamente inerte, sin vida.

Mi madre y mi hermana no alcanzaban a entender lo que estaba pasando. Mi madre me miró con expresión interrogante y yo le dije con lentitud: “Ya se fue, mamá. Mi papá ya está descansando”. Mi madre pegó un grito desesperado. Más de 45 años de matrimonio eran demasiado tiempo para poder concebir que él ya no estaría más a su lado.

Mi hermana también empezó a llorar con más fuerza al entender lo que pasaba: mi padre, a sus 88 años había partido para siempre de nuestro lado. Yo, a diferencia de ellas, me sentía muy tranquilo, podría decir incluso que dichoso de que todo se hubiera resuelto muy a tiempo entre nosotros, como si la vida se hubiera encargado de no dejar cabos sueltos, ni asuntos inconclusos, ni resentimientos entre padre e hijo. No había ninguna deuda emocional, al contrario, terminábamos muy en paz el uno con el otro después de toda una vida de poco entendimiento.

Ver puesta de solPapá, por fin, descansaba… después de un largo viaje de casi nueve décadas… y se marchaba lleno de amor después de vivir una vida plena. Eso me hacía sentir muy en paz, agradecido del regalo con el que mi padre me honraba: elegirme a mí para acompañarlo y estar a su lado durante su último adiós.

Acerqué mi mano a su rostro y cerré sus ojos que habían quedado entre abiertos mientras, en silencio, le daba las gracias desde el fondo de mi corazón: Gracias por todo, papá, ya todo está bien. Descansa en paz.

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