¿Qué se oculta detrás de los secretos?

Los secretos familiares pueden ser fuente de problemas psicológicos. En todas las épocas, los seres humanos han buscado acallar aquellos aspectos que causan un intenso dolor o vergüenza. Las adopciones, la orfandad, la enfermedad mental, las violaciones, el incesto, el suicidio, el tráfico de drogas, la infidelidad, el homosexualismo o las muertes violentas, por dar solo algunos ejemplos, son asuntos que muchas familias prefieren mantener ocultas. Pero, lo reconozcamos o no, los secretos generan emociones. Cuando dentro de una familia se niegan los hechos traumáticos, los descendientes pueden sufrir conductas anormales: desde miedos patológicos hasta intentos de suicidio.

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Poema: “Sí” de Rudyard Kipling

(…)Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud,

o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.

Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.

Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.

Si puedes llenar el inexorable minuto,

Con sesenta segundos de lucha bravía…

Tuya es la tierra y todo lo que ella,

y lo que es más: serás un hombre, hijo mío”.

Rudyard Kipling

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El costo de ser tu peor verdugo

Los diálogos interiores pueden estar cargados de sentimientos de miedo, desconfianza, devaluación, resentimiento, culpa, descalificación, humillación o vergüenza, de maltrato, y de pelea…

El sufrimiento o la salud mental dependerán, en gran parte, del tipo de diálogos internos que generemos. Sentir rechazo de alguna parte de nosotros mismos no es el problema. El problema está en el cómo nos rechazamos. Por ejemplo, después de haber desvelado por descuido el secreto de un amigo delante de otros, no es lo mismo decirte a ti mismo: “Eres un impulsivo insensato, no vas a cambiar nunca, eres odioso. Te quedarás sin amigos”, que decirte: “Cometí un error al hablar así de fulano, le pediré perdón a mi amigo y seré cuidadoso para no hablar tan impulsivamente la próxima vez”.

En el primer caso, el diálogo interno está basado en el desprecio, en la incomprensión y la autoexigencia. En el segundo caso, existe un reconocimiento del propio error, pero también una intención de perdonarse, comprenderse y reparar el daño.

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