Los costos de una conducta sacrificada

Cualquier persona – en diferentes momentos de la vida-, es capaz de sacrificarse por un bien mayor. Históricamente la mayoría de los seres humanos nos hemos sacrificado por el bien de la familia,  los hijos, la pareja o la comunidad. El sacrificio útil ayuda a preservar la especie y las civilizaciones.

Sin embargo hay quienes no reconocen el límite entre el sacrificio útil del inútil y construyen el hábito o la costumbre de sacrificarse más de la cuenta sin poder evitarlo, pensando que “es así como tiene que ser” o creyendo que es una prueba de que aman a los demás o que les importan y quieren su bien, sin poder reconocer que muchas veces hacen más daño con su sacrificio que bien.

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Los eventos significativos: un motivo para celebrar la vida.

En la vida hay muchos eventos que son importantes y significativos por diversas razones. Dichos momentos no siempre son agradables, experiencias cumbres o felices, por el contrario, muchas veces se trata de eventos dolorosos, que nos generan miedo o sufrimiento y que desearíamos no tener que vivirlos, pero que no tenemos opción y tenemos que enfrentarlos a pesar del enojo o la frustración que nos generan. Sin embargo, más allá de si son dulces o amargas las experiencias importantes de la vida son eventos que nos transforman profundamente y, con el tiempo, se convierten en parte de nuestra historia, de nuestra esencia, pues gracias a ellos somos lo que somos en el presente y por lo tanto se convierten en un motivo de celebración de la vida.

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¿Es necesario salir de la zona de confort?

Con frecuencia, nos refugiarnos en cosas, en personas o situaciones que en principio nos generan seguridad, pero que con el tiempo, terminan por sepultar nuestra fuerza, nuestra confianza o nuestro poder personal.
Ejemplo de ello puede ser refugiarse en una pareja a la que ya no se ama o con quien ya no se es feliz, un trabajo que por mucho que siga brindando un salario y ciertas prestaciones se ha vuelto rutinario, aburrido, poco motivante o creativo; seguir en la casa de los padres cuando ya hace tiempo que se cumplió la edad para salir al mundo a hacer la propia vida y desarrollar los propios recursos, etc.

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Ladrones del dolor ajeno: el síndrome del rescatador.

Nadie tiene derecho a pretender resolver, antes de tiempo, el dolor de los demás. Por más amor que sienta por la persona que sufre, si realmente la amamos, debemos tener cuidado de no convertirnos en ladrones de su dolor, pues con eso, podríamos estarle robando muchas posibilidades de crecimiento.
La mayoría estará consciente de los pensamientos presentes en nuestra cultura en relación a que el dolor es algo malo que hay que eliminar, por lo tanto, se genera la idea equivocada de que, si queremos a alguien, tenemos que evitar a toda costa que sufra y, a la larga, provocamos en el otro una baja tolerancia a la frustración, más sufrimiento y más miedo de enfrentarse a las adversidades de la vida, pues no lo hemos dejado desarrollar sus propias capacidades para enfrentarse a las situaciones difíciles o dolorosas. Por eso es importante recordar lo que Buda nos enseñó hace más de 2500 años: En la vida, existe tanto el placer como el dolor. Sin uno no puede existir el otro y ambos son parte de nuestro aprendizaje y crecimiento.

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¿Es lo mismo quejarse que reclamar?

La queja es un elemento que está presente constantemente en nuestras conversaciones, en nuestras vidas, es más, para algunos es una forma de vida. Nos quejamos por las cosas que nos suceden y por las que no, nos quejamos cuando los demás no cumplen con nuestras expectativas, cuando creemos que lo que esta sucediendo es injusto… a veces nos quejamos hasta cuando las cosas salen bien y pensamos que que no durará la buena racha; cuando algo todavía no ha pasado, pero creemos que pasará, o quejarnos de nosotros mismos cuando nos hemos fallado.

Los sentimientos que sentimos y expresamos cuando nos quejamos generalmente son: enfado, miedo, resentimiento, deseo de venganza, juicios negativos sobre la culpabilidad del otro, sobre nuestra situación de víctimas o sobre nuestra incapacidad para cambiar las cosas.

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