El costo de ser tu peor verdugo

“El peor de los males que le pueden suceder a un hombre es que llegue a pensar mal de sí mismo”
-Goethe
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Solemos ser más crueles con nosotros mismos al momento de juzgarnos.

No siempre ocurre que sean otros los que tengan opiniones negativas sobre nosotros. los que nos juzguen si hemos hecho algo mal o decidan si somos culpables de algo. Con demasiada frecuencia somos  nuestro peor verdugo, llegando a ser más crueles con nosotros mismos que con el resto de la gente.

Para poner en claro lo anterior intenta hacer lo siguiente:  recuerda algo del pasado por lo que te sientas culpable, e imagina que te cuentan que eso mismo lo ha hecho otra persona de tu familia o un amigo querido. ¿Qué pensarías de esa persona? ¿Lo tratarías como te tratas a ti? ¿Le hablarías de la misma manera? seguramente que no, con él o ella serías mucho más compasivo.

¿Por qué entonces no mides lo que haces con la misma vara y eres tan cruel contigo mismo? ¿Qué acaso tú no eres merecedor de compasión como el resto de los seres humanos? Si eres del estilo culpígeno, probablemente en más de ocasión  te has sentido muy mal por haber hecho algo que considerabas incorrecto y, después de que pasara mucho tiempo, le has seguido dando vueltas acusándote, recriminándote, culpándote y castigándote por lo que hiciste aunque la situación ya esté superada o aunque ya sea imposible arreglar el asunto.

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El diálogo que establecemos con nosotros mismos suele ser poco respetuoso o tolerante: “¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso?”. “Si sigues actuando así te quedarás solo”. “¿Cómo te va a querer tratándola como la tratas?”; “Eres un fraude, nunca serás capaz de comportarte como un verdadero padre”; “No me queda la menor duda de que como hermano, eres peor que Caín”. Estos son tan sólo algunos ejemplos de aquellas frases que con bastante frecuencia nos decimos a nosotros mismos.

Los diálogos interiores

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Los diálogos internos nos agobian.

Los diálogos interiores pueden estar cargados de sentimientos de miedo, desconfianza, devaluación, resentimiento, culpa, descalificación, humillación o vergüenza, de maltrato, y de pelea…

El sufrimiento o la salud mental dependerán, en gran parte, del tipo de diálogos internos que generemos. Sentir rechazo de alguna parte de nosotros mismos no es el problema. El problema está en el cómo nos rechazamos. Por ejemplo, después de haber desvelado por descuido el secreto de un amigo delante de otros, no es lo mismo decirte a ti mismo: “Eres un impulsivo insensato, no vas a cambiar nunca, eres odioso. Te quedarás sin amigos”, que decirte: “Cometí un error al hablar así de fulano, le pediré perdón a mi amigo y seré cuidadoso para no hablar tan impulsivamente la próxima vez”.

En el primer caso, el diálogo interno está basado en el desprecio, en la incomprensión y la autoexigencia. En el segundo caso, existe un reconocimiento del propio error, pero también una intención de perdonarse, comprenderse y reparar el daño.

El asistente interior

A esta voz que nos perdona la llama Norberto Levy, el asistente interior, “que está hecho de las memorias de las relaciones de amor, cuidado y respeto que cada uno alberga y que han sido vividas en algún momento de su historia, tanto personal como transpersonal.

Cuanto más fuertes las memorias personales y transpersonales de vínculos de amor, más facilitado en su acceso, pero todos, en mayor o menor medida, contamos con la capacidad potencial de producirlo y convocarlo”.

Te propongo realizar el siguiente ejercicio que aplico en mi  Taller de Escritura Terapéutica. 

Instrucciones: El ejercicio consiste en realizar un escrito que comience con la frase: Me perdono. A continuación cada oración se referirá a algunos momentos del pasado en los que te gustaría haber actuado de manera diferente.

Objetivo: Aprender a querernos a pesar de todo, y a transformar la culpa que nos tortura en el aliado que reparara.

Ejemplo:

Me perdono:

  • Cuando he metido la pata.
  • Cuando se me ha olvidado dar las gracias.
  • Cuando digo que sí queriendo decir no.
  • Cuando digo no queriendo decir sí.
  • Cuando se me olvida algo importante.
  • Cuando miro hacia otro lado.
  • Cuando me vence la pereza.
  • Cuando me rompo un sueño.
  • Cuando descubro mis limitaciones.
  • Cuando no he escuchado lo suficiente.
  • Cuando no he sabido defenderme.
  • Cuando me dejo llevar por un imposible.
  • Cuando he dicho algo indebido.
  • Cuando he dañado sin querer…

Ahora te sugiero que escuches la siguiente canción “Culpable o inocente” de La Guardia, y pongas atención en la letra que es un ejemplo de la forma en la que deberíamos hablarnos a nosotros mismos. Al escuchar la canción intenta imaginar que te lo están diciendo a ti, después de haber confesado uno de esos sucesos del pasado por los que aún te sientes culpable. Reflexiona sobre ello y trata de ser más comprensivo contigo mismo.

Nadie es perfecto. Todos hemos cometido errores, todos hemos hecho daño en algún momento a alguien a quien queríamos pero seguir torturándonos por ello eternamente sólo servirá para que sigas sufriendo inútilmente.

Nunca te conviertas en una víctima. No aceptes la definición de tu vida por lo que te dicen los demás. Defínete a ti mismo.
-Harvey Fienstein

El peso de los juicios externos.

terapia_gestalt_terapeuta¿Cuántas veces has escuchado a otras personas definirte a ti como tal o cual cosa? Juicios acerca de  si eres buen o mal amigo, compañero de trabajo o pareja, buen o mal hijo, buen o mal padre, etc.  ¿Cuántas veces te han dicho que has hecho algo mal cuando tú pensabas que tu acción  era la  correcta? ¿Cuántas veces te has dejado llevar por lo que los demás opinan de ti y has terminado sintiéndote culpable?

Es algo normal que las personas demos nuestra  opinión sobre cómo son los demás y sobre sus comportamientos. Lo que no es muy conveniente es tomarse los puntos de vista de los demás al pie de la letra; es muy peligroso pensar que la opinión de los demás es la verdad absoluta y que lo que los otros dicen sobre uno nos define como personas o que sus juicios sobre lo que hacemos son siempre acertados.

Cuando le damos demasiado peso a la opinión de los demás, estamos cediendo nuestro propio poder. Los demás no siempre tienen que tener la razón; y también es válido que las personas pensemos diferente sin que sólo un punto de vista sea el correcto. La verdad sobre cualquier cosa, persona o situación es muy compleja y los puntos de vista u opiniones, por muy encontrados que sean u opuestos que parezcan pueden ser parte de la misma realidad sin que sólo una tenga que ser la correcta. También es cierto que muchas personas hacen valoraciones y criticas sobre nosotros tan sólo por hacernos daño por sentir resentimiento hacia nosotros, o que nosotros mismos le hagamos eso a otras personas. Eso no quiere decir que una opinión negativa sea verdad o la única verdad posible.

Por lo anterior, nunca debemos olvidar que la última palabra sobre quiénes somos o si lo que hacemos está bien o está mal debe ser la nuestra. Los otros no tienen el derecho de  juzgarnos y definirnos ni nosotros tenemos el derecho de hacerlo con los demás.  Dejar la responsabilidad de que otros nos definan nos vuelve sus víctimas. Es mejor dejar de sentirnos culpables y asumir nuestra propia responsabilidad en todo lo ocurrido.

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Ahora pon atención a la letra de la siguiente canción titulada Culpable de Lagarto Amarillo.

Por último, te comparto otro ejercicio de mi Taller de Escritura Terapéutica, para que empieces a practicar la liberación de las culpas del pasado y a viajar más ligero por la vida. Espero que te sea de utilidad.

Existe una culpa sana que sirve para restablecer un daño que hemos hecho, nos avisa de un error para no volverlo a cometer, como un castigo que nosotros mismos nos damos para recuperar el equilibrio.

Pero hay veces que es el mecanismo regulador se deforma y sin una falta objetivamente real, sentimos nuestra propia mano culpándonos despiadadamente. Habrá que distinguir ambas experiencias para ser objetivos y justos con nuestros actos. Por un lado, habrá que aceptar y perdonar nuestras equivocaciones si de verdad se han producido, y por el otro, si la culpa aparece por ejercer sobre nosotros la tiranía de la autoexigencia, aceptar que no somos todopoderosos, puesto que no tenemos en nuestras manos el control de todo lo que sucede ni la responsabilidad de la felicidad de los demás, o sea, que reconocer nuestros límites, nos puede liberar el tormento de hacer todo a la perfección o de no darles a los otros aquello que no podemos o no queremos darles.

Ejercicio: Si no me sintiera culpable. 

Instrucciones

Escribir una lista de las cosas que harías si no te sintieras culpable. 

EJEMPLO:

Si no me sintiera culpable,

me tomaría un trozo de chocolate al día,

me dejaría alguna de mis obligaciones y saldría con mis amigos con más frecuencia, dejaría de preocuparme tanto por tenerlo todo bajo control,

le diría a mi mejor amigo que esas bromas me molestan,

no permitiría que usarán la lástima para manipularme.

A veces aparece la culpa cuando mejor estamos, para recordarnos que hay gente que no tiene nuestra suerte, como si nosotros no la merecíamos. Cuando esto ocurre, viene bien elaborar una lista de los permisos que nos otorgamos, pensando que cualquier vida está llena de placeres y sinsabores, y que cuando nos tocan los primeros, hay que saber aprovecharlos, porque esas experiencias pueden hacer más llevaderos los segundos.

Cada frase que escribas empezará con las palabras: Hoy me doy permiso de (o para)…

Observa los siguientes ejemplos: 

  • Me doy permiso para disfrutar de las satisfacciones diarias que se presenten,
  • Me doy permiso para terminar de trabajar antes de las 8. 
  • Me doy permiso para poner límite a los que me exigen demasiado. 
  • Me doy permiso para empezar de cero. 
  • Me doy permiso para no angustiarme cuando las cosas no me salen bien,
  • Me doy permiso para no tener el control sobre todo,
  • Me doy permiso para aceptar que las cosas son como son,
  • Me doy permiso para confiar en mi y en la vida,
  • Me doy permiso para disfrutar de mis éxitos,
  • Me doy permiso para pensar que la vida es sencilla,
  • Me doy permiso para creer que la gente es buena,
  • Me doy permiso para suponer que las cosas pueden salir bien, aunque no tenga la certeza de nada.
  • Me doy permiso para pensar que yo valgo la pena. 
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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en Mi vida, una novelay comentado:

    Lee el artículo e intenta realizar los ejercicios de escritura terapéutica que en el se sugieren.

    Me gusta

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