Descubre qué tan osado o precavido eres

Aunque pueden no ser tan atrevidas, muchas personas disfrutan de la imagen que se asocia a los intrépidos. Al pensar en este tipo de personas se nos ocurren aquellos que son corredores de autos o, alpinistas o quienes se dedican al buceo o la paracaidismo.

Las personas que son osadas – está demostrado -, tienen a menudo mayor confianza en sí mismas y un IQ más elevado que aquellos que son más cautos, temerosos o precavidos. También se ha podido comprobar que los osados son más extrovertidos e impulsivos que el promedio.

Si una persona tiene el gusto por los riesgos no es necesariamente alguien neurótico. Los psicólogos han concluido que más de la mitad o, incluso, las dos terceras partes de nuestras capacidades para las proezas son hereditarias.
Si quieres descubrir qué tan osado eres, responde el test que encontrarás en el interior de este artículo.

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Fábula de la liebre y la tortuga

Dejar de competir contra un rival y competir contra una situación

La verdadera historia de la liebre y la tortuga nos enseña que es bueno ser individualmente brillante y tener fuertes capacidades personales. Pero, a menos que seamos capaces de trabajar con otras personas y potenciar recíprocamente las habilidades de cada uno, no seremos completamente efectivos. Siempre existirán situaciones para las cuales no estamos preparados y que otras personas pueden enfrentar mejor.
Cuando dejamos de competir contra un rival y comenzamos a competir contra una situación, complementamos capacidades, compensamos defectos, potenciamos nuestros recursos y obtenemos mejores resultados.

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El costo – beneficio de las creencias perturbadoras

Aunque hay creencias perturbadoras que se adquieren en la vida adulta a través de situaciones traumáticas como una violación o un secuestro, también es muy posible que éstas se desarrollen desde la infancia. Por ejemplo, cuando unos padres le exigen a un que tenga un rendimiento sobresaliente en la escuela o en cualquier otra área, y no toleran ningún resultado “mediocre”, el chico aprenderá a vivir con ansiedad por el miedo de no cubrir las expectativas de sus padres y desarrollará una creencia perturbadora de perfeccionamiento sin poder reconocer que, lo que le pedían sus padres, era algo prácticamente imposible, y seguirá luchando, en la vida adulta, por satisfacerlos. Este individuo crecerá temeroso del juicio y de la crítica, ya no sólo de sus padres sino de cualquier otra persona por quien se sienta juzgado o calificado negativamente sufriendo de miedo y ansiedad permanentes generados por su experiencia de vivirse constantemente rechazado.

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EL ARTISTA: aprender de las caídas

El Artista es un film que se puede plantear desde diferentes ángulos dentro de un análisis psicoterapéutico como pueden ser el no saber enfrentar los cambios, el fracaso después de haber conocido la fama y el miedo de reconocerse internamente más allá de las máscaras y los roles.

También se puede explorar el relacionado con el destino o la rueda de la fortuna, en aquellas ocasiones en las que la vida nos pone en la cima y, de un momento a otro, nos deja caer estrepitosamente.

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La terapia gestalt no es cosa de niños

Efectivamente, la terapia gestalt no es cosa sólo niños, es también asunto de adolescentes, mujeres y, por supuesto, para hombres. Hombres lo suficientemente fuertes para enfrentarse a sus sentimientos, sus necesidades, sus deseos, en pocas palabras, a su vulnerabilidad.

Todo ser humano es vulnerable, aunque se niegue a reconocerlo o enfrentarlo, pero alguien inteligente y con valor y coraje, no es aquel que se engaña diciendo “yo solo puedo” “no necesito de nadie más para enfrentar mis problemas ni para salir adelante en mi vida”, sino aquel que no rehuye sus miedos, que los enfrenta cara a cara, que se atreve a pedir apoyo para conocerse y reconocerse de una manera más real.

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Lo débil vence siempre a lo fuerte

La autonomía, la autosuficiencia, la independencia, son los valores que defiende la cultura oponiéndose a la vulnerabilidad, la debilidad, la dependencia. Pero la realidad es que lo que verdaderamente abre las puertas al contacto, a la conexión, a la confianza y la intimidad, es nuestra valentía para mostrarnos vulnerables, reconociendo que somos capaces de ser débiles, de necesitar del apego y del apoyo y de la protección de los demás.

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