Los riesgos de enfrentar una experiencia

Los trenes, en algunas partes de Europa, pueden ser una maravillosa aventura o algo cercano a un cuento de terror.

Aquella mañana la pareja llegó a la estación para viajar de Praga a Dresden. Llevaba, cada uno, una maleta  enorme, de más de 20 kilos, además, sus pesadas mochilas a las espaldas y algunas bolsas de mano para las cosas frágiles, la cámara, la cartera, etc.

Vieron el pizarrón de las llegadas y salidas y se dieron cuenta que su tren venía con retraso, primero se trataba de unos minutos, pero esos minutos se transformaron en casi dos horas. Finalmente, apareció en el tablero el número del andén y se dieron prisa para ir al andén y abordarlo.

Todo, desde el momento que llegaron al andén, se convirtió en caos y confusión. Eran muchas las personas que querían  abordar y que intentaban subir  al mismo tiempo, con sus inmensos equipajes. Haciendo todo tipo de malabares, lograron, al fin, subir al vagón, pero ya arriba, las cosas no mejoraron para la pareja. No había asientos disponibles, eran vagones con cubículos privados para seis pasajeros cada uno, y ya muchos venían llenos.

Tampoco había lugar para las maletas, y los pasillos eran tan estrechos para tanta gente, que aquello era  un verdadero desorden en donde nadie podía pasar, entrar o salir, pues entre la gente que iba en ambos sentidos, tratando de encontrar un lugar, y las pesadas maletas, nadie le permitía el paso a los demás. Gritos en varios idiomas, caras de angustia, estrés, desesperación, cansancio, preocupación.

La pareja de mexicanos encontró, al fin, un camarote con asientos libres. Ya en el interior, intentaron entre ambos, subir una de las maletas al limitado compartimiento que estaba sobre los asientos, ya prácticamente lo habían conseguido, cuando llegó una joven y en alemán, les dijo que esos asientos ya estaban reservados.

Ambos se miraron con desilusión. Bajaron la maleta que no habían terminado de acomodar, y regresaron al caos de los corredores de los vagones que, en vez de haber mejorado, estaba aún más enloquecido.

Lograron avanzar, después de varios minutos, unos cuantos metros y en un privado cercano lograron encontrar  tan sólo un asiento libre. Le preguntaron a la gente del interior si estaba desocupado y algunos de ellos levantaron los hombros en señal de que lo ignoraban. El más joven de la pareja le dijo al otro que se quedara ahí, ocupando el asiento, mientras él intenta encontrar otro libre más adelante.

El mayor  se quedó en el privado  preguntándose cómo podría levantar su maleta de casi treinta kilos por encima de las cabezas de los que estaban ahí, sin tirárselas encima. Después pensó que era mejor no hacerse esas preguntas y, simplemente, hacerlo.

Levantó la maleta de un primer impulso, llegando hasta sus hombros y justo en ese momento se hizo consciente de su tobillo lastimado  temiendo que se le doblara el pie por culpa de aguantar tanto esfuerzo en tan poco espacio para apoyarse.

Decidió, sin pensarlo demasiado, meter la cabeza para sostener el equipaje y poder llegar hasta la canastilla pero empezo a dudar que iba a lograrlo, pues se le acababan las fuerzas. Él pasajero que estaba junto  a él, un chico joven, tal vez español, se levantó por fin a ayudarlo, tal vez ante el temor de que la pesada maleta le  cayera en la cabeza, y entre ambos lograron  colocarla en su lugar. El mexicano le  sonrió agradecido y finalmente puedo tomar asiento para respirar un poco y recuperarse del esfuerzo.

Un momento más tarde, piensa en su compañero y se  asoma fuera del privado para ver si logra verlo,  pero entre tanta gente, era prácticamente imposible localizarlo, por lo que se regresó a su asiento y no acababa de sentarse, cuando apareció de nuevo un hombre mayor, con boleto reservado en mano, solicitándole que desocupe el lugar.

Se  sintió de nuevo lleno de frustración, estaba agotado y al límite de sus fuerzas y ahora tenía que volver a empezar de cero.  Alcanzó a mirar de reojo las expresiones de los demás pasajeros, que lo miraban con cierta penaya a la vez con indiferencia. Respiró profundo y  salió del camarote, dejando la maleta en el lugar que la había puesto con la ayuda del chico español.

Al salir al pasillo se encuentó de nuevo  con su pareja  y eso le hace sentir un poco de alivio. Su compañero, sonriendo le informó:

– !Encontré un privado vacío! ¡Los seis lugares están libres! Rápidamente ambos se dirigieron hacia allá. Llegaron a la cabina que, al parecer, efectivamente estaba completamente  libre para ellos.

-¿Pero como es  posible que esté vacío Cuando todos están desesperados por encontrar un asiento?

– No lo sé – le contesta su compañero – pero vamos a quedarnos aquí y, si nos los piden después, pues nos salimos.

– Sí, tienes razón.

Ambos se sentaron. Parecía que al fin las cosas estaban en orden hasta que el joven le pregunta al mayor:

-¿Y tu bolsa?

 -Ya la puse aquí arriba.

– No, ésa no, la mochila donde traes la cámara y tu cartera.

En ese momento cae en la cuenta de qué mochila le habla. Se maldice a sí mismo por viajar con tantas mochilas. La mente se le pone en blanco y no recuerda dónde la dejó. Ni siquiera logra acordarse si subió con ella al tren o la dejó en el vagón.

– Voy a ver si la dejé donde está la otra maleta.

Salió apresurado, con el miedo de no encontrar su cámara y su cartera con todas las tarjetas. Entró de nuevo al privado del que acababa de salir y les informó a los ocupantes del mismo, con cierta pena y angustia, que tenía que buscar su mochila para ver si se había quedado ahí. Nadie se movió ni dijo nada. Él empezó a vuscar como pudo, entre el poco espacio que quedaba libre. Vió al hombre del asiento reservado que lemhabía pedido el lugar hace unos momentos,dormitando plácidamente y reconoce que es un oriental por sus ojos rasgados.

De nuevo el chico español que le ayudó a subir la maleta, se levantó, y le ayudó a buscar entre los demás equipajes. Pero fue inútil, la bolsa con la cámara y la cartera no estaba por ningún lado. Ni en las canastillarribara parte superior del camarote, ni debajo de los asientos. El regresó con su compañero y, con expresión de preocupación,  le comunica  que no encontró sus cosas y notiene idea de dónde pueden estar

-En la estación no la dejaste, estoy seguro. ¿Ya buscaste en el primer vagón donde te metiste?

Él mayor está tan angustiado que se confunde. – ¿En cuál?

– Antes del compartimiento donde dejaste la maleta te habías metido a otro, donde llegaron unas chicas.. ¿Lo recuerdas?

– Sí, ya sé cual me dices, pero no me acuerdo si la dejé ahí. Vé tú, por favor… Yo estoy agotado.

Su compañero asiente mientras él ocupa un asiento y se da cuenta de que ya hay otras dos personas en el privado. Un hombre de unos 40 años, y una mujer, como de 50, que lucha por meter sus tres maletas al lugar.

Su compañero, antes de salir a buscar las cosas, le ofrece ayuda a la mujer para subir la maleta en la parte superior. Después de eso, sale del compartimiento y se aleja por el pasillo para aparecer, unos minutos después, con la bolsa en sus manos.

-Si estaba ahí, la habías puesto en la canastilla. Ten, revisa que esté todo.

Él toma su mochila y abre el primer cierre. Respira al ver que está ahí su cámara. Abre el segundo compartimiento y ve su cartera. Vió a su pareja que se ya se había sentado a su lado y le dijo aliviado:

– Sí, está todo… Gracias…

Su compañero le sonríe, tranquilizándolo.

-Parece que al fin las cosas están en orden, ya podemos descansar.

– Sí, así parece.

Él respiró profundo, vió a la mujer que los acompañaba, jimto con el otro pasajero, en el mismo compartimiento, que ya logró acomodar sus tres maletas, una en la parte de arriba de los asientos, otra en el pasillo, la cuál se tenía que levantar a mover cada que alguien necesitaba pasar con su equipaje y otra en el asiento de al lado.

Miró después, por la ventana del vagón, la campiña Alemana y se dijo a sí mismo, mentalmente:

 – Vaya que tiene sus penalidades esto de viajar, pero si esta señora puede, viajando ella sola y con tres maletas, ¿Cómo no lo voy a poder seguir haciendo yo que,  además, no viajo solo?

Mira de nuevo el paisaje y sonrió. Al final. Tanto esfuerzo, la angustia y las dificultades tenían su recompensa, el poder  disfrutar de ese paisaje y poder, al fin, arrullarse con el sonido del tren durante su marcha para relajarse después de tanto estrés.

Cerró los ojos, inhaló profundo, añareció en su rostro una leve sonrisa y se fue quedando adormilado, mientras evocava  en la mente, las imágenes de lo que, probablemente, descubririá y le sorprendería en el  siguiente destino de su viaje, ya todo lo que había ocurrido durante la experiencia de abordar y encontrar unos asientos libres, había quedado en el pasado, lo que seguía ahora, era disfrutar del resto del viaje.

Berlín, 2012.

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