Cuando ayudar hace más mal que bien

Nacimos para ayudar expandiendo el ser, el hacer y el tener.

Hay personas que piensan que su misión de vida es ayudar a otros cuando se enfrentan a circunstancias difíciles o dolorosas. Sin embargo, también estas personas deben ser conscientes de que en muchos momentos de su vida necesitarán de la ayuda de otros, pues no dejan de ser humanos y, como tales, son vulnerables y se enfrentan al dolor que tarde o temprano llega a su existencia de diferentes maneras. La realidad es que todos los seres humanos necesitaremos jugar los roles de ayudador y el que recibe ayuda y, por lo tanto, debemos aprender la diferencia entre una ayuda que sana y ayuda a crecer y la “ayuda que enferma.”

img_55261Lo primero que debemos dejar claro es que, por muy buena intención que se tenga y por mucho que se haga con buena voluntad, la ayuda no siempre es sana y conveniente; existe una forma de ayuda que puede tener efectos muy negativos para las personas y en este artículo, vamos a intentar mostrar la diferencia entre una y otra.

La ayuda que ayuda pretende servir apoyando al ayudado a reconocer y hacer uso de sus habilidades y recursos para que pueda enfrentar las circunstancias que lo aquejan; procura buscar, encontrar, y llevar a feliz término las actividades que sean necesarias para solucionar sus asuntos en forma tal que se sienta empoderado, responsable y libre para disfrutar de la vida con todo lo bueno y lo que considera no tan bueno.”

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La cita anterior es de las autoras del libro La Ayuda que Ayuda sirve a la paz, Marianela Vallejo y Rosa Elena Cárdenas quienes, para ayudar a comprender mejor cuál es la ayuda que efectivamente ayuda, parten de los conceptos de las Constelaciones Familiares (Bert Hellinger), respecto a Los órdenes del amor y de la ayuda, que son piezas claves en la conformación de los vínculos. Estos planteamientos forjan el compromiso y la necesidad de ayudar a los seres humanos y de acuerdo a como los integremos en nuestra vida, la ayuda fortalecerá o debilitará al ayudado. (Cárdenas y Vallejo, 2017)

Los tres principios esenciales de Los Órdenes del Amor son el de pertenencia, jerarquía y el equilibrio entre el dar y el tomar.

Estos tres principios nos prevén de solvencia, fuerza y claridad para saber si estamos en la posibilidad de ayudar a otros de manera efectiva y adecuada.

 “Cuando ayudamos desde los Órdenes del amor estamos al servicio de la vida y, así, cuidamos nuestra propia vida y conservamos el equilibrio en todas las áreas.”

(contraportada del libro: La ayuda que ayuda).

 ¿Desde dónde ayudo en realidad?

Cuando la motivación de ayudar se enfoca en uno mismo, se corre el riesgo de proyectar en el otro y los que vemos en realidad son nuestras propias sombras que intentamos sanar en el proceso de acompañar al otro.

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Por tanto, antes de ponernos en acción, debemos cuestionarnos a nosotros mismos: ¿Desde dónde quiero ayudar a los demás?; ¿qué habilidades tengo que desarrollar para hacerlo?; ¿qué metas y desarrollo he alcanzado en mi propio proceso? Las respuestas a estas preguntas son muy importantes para lograr una ayuda efectiva que verdaderamente sea útil o, todo lo contrario.

img_5525Si creemos que la verdadera ayuda es aquella en la que nuestras acciones permiten que las personas se queden satisfechas o que adquieran de nosotros aquello que necesitan, podemos estar partiendo de una intención equivocada.

 La verdadera ayuda es donde logramos que la persona se restablezca completamente. La ayuda no es responsabilidad del ayudador ni éste tiene la obligación de cubrir las necesidades del que ayuda sólo porque éste pone en manos del primero lo que le atormenta.

No es posible que el ayudador se haga cargo de los asuntos de los demás ni que los repare o llene sus vacíos.

Si lo hiciera terminaría haciéndose uno con el otro, victimizando al que ayuda y convirtiéndose él o ella misma en víctima. En este caso, en lugar de haber una sola víctima encontraríamos dos.

img_5523Al ayudador lo único que le corresponde es tender la mano al que sufre, para que él o ella haga algo con sus propios recursos, en pocas palabras, que se responsabilice de su propia vida. Verlo de esta manera nos aligera la carga y nos permite hacernos responsables sólo de lo nuestro y que el ayudado se haga cargo de lo suyo. Así se logrará que se vea a sí mismo en su propia grandeza sin necesidad de quedar el ayudador como un héroe responsable de los logros alcanzados.

El papel del que ayuda es acompañar y tender la mano, el papel del ayudado es responsabilizarse de lo suyo y salir adelante por sí mismo y con sus propios recursos.

Las personas que nos dedicamos a ayudar a los demás tenemos que estar muy conscientes de cómo vemos al otro: como niños indefensos o como adultos responsables. Este cuestionamiento marca la diferencia entre una ayuda sobreprotectora que impide el crecimiento al tratar al otro como un niño y la ayuda que verdaderamente ayuda orientada a que la persona necesitada descubra sus propios recursos como adulto.

“El telón de fondo que ilumina el camino hacia el despertar de los recursos de la persona que busca ayuda es inducirla hacia el desarrollo de su responsabilidad.”

Cárdenas y Vallejo.

 La ayuda más grande se nos otorga desde el principio

dt.common.streams.StreamServerNuestra vida comienza recibiendo la ayuda más grande de todas: la de nuestros padres. El acompañamiento permanente de nuestra madre dándonos todo el cuidado que necesitábamos para poder crecer y culminar el proceso de gestación y nacimiento y el de nuestro padre o de los adultos que contuvieron a nuestra madre durante la gestación.

Así es el comienzo de nuestra vida, recibiendo infinita ayuda. Nuestros padres nos dieron, por principio, el don mas maravilloso de la vida y, además, el cuidado necesario para que podamos estar aquí y ahora, siendo capaces de valernos cada vez menos de los demás y siento más autónomos, capaces en lo esencial, de valernos por nosotros mismos.

El deseo de ayudar y la buena voluntad

Ni los buenos deseos ni la buena voluntad son suficientes para lograr una ayuda efectiva, no importa cuanto queramos hacerlo de corazón ni cuan comprometidos estemos. Ni todo el amor ni la mejor intención es suficiente para brindar una buena ayuda, debemos aprender a conocer los elementos que nos permitan ofrecer una verdadera y efectiva manera de ayudar.

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Para que nuestra ayuda sea útil debemos ampliar nuestra consciencia y lograr la claridad respecto a la pertenencia a los sistemas en los que te desempeñas, respetar el orden de los lugares y la compensación o equilibrio entre el dar y el recibir, reguladores de los encuentros entre los seres humanos que generan los vínculos. De esta forma podremos reconocer la manera en que nos relacionamos.

Debemos ser capaces de reconocer cuando la actitud de ayuda y de servicio estén contaminadas por nuestras propias carencias personales que atrapen nuestra atención y nos impidan poder reconocer las verdaderas necesidades del otro.

También tenemos que descubrir la herida básica presente en cada uno de nosotros cuando nos relacionamos con las personas que queremos ayudar y ampliar nuestra capacidad de empatía, autorresponsabilidad y conciencia de nuestro poder personal.

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En suma, debemos poder incorporar los caminos para una ayuda sana, desde la que podamos acompañar, auto responsabilizar y empoderar a quienes ayudamos y, al mismo tiempo, partir de que esos caminos ya hayan sido recorridos por nosotros mismos. Si no hemos aprendido a recibir ayuda de manera adecuada, será muy difícil, prácticamente imposible, que la podamos brindar a los demás se una manera adecuada.

Si deseas conocer más sobre el fascinante tema de la ayuda que ayuda te recomiendo que leas:

Bibliografía: La Ayuda que Ayuda sirve a la paz. Marianela Vallejo Valencia y Rosa Elena Cárdenas Roa.

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