La vergüenza y el riesgo de no ser uno mismo

autorechazo
autorechazo

Las personas, generalmente, nos rechazamos:

  • Ante el fracaso y la dificultad para alcanzar un objetivo de algo que queremos.
  • Cuando nos comparamos con otros y nos sentimos “menos” o los calificamos a ellos de mejores.
  • Debido a la descalificación de otros por juicios a nuestra persona o formas de actuar, ante la crítica o la burla.

Todos hemos vivido estas situaciones en mayor o menor medida en experiencias, como por ejemplo:

  • No poder participar en una conversación donde otros son expertos y uno sabe poco o nada sobre el tema. La consecuencia es sentirse avergonzado de no estar a la altura de los demás y el deseo de hacerse pequeño para no ser percibido y no tener que quedar en evidencia por la propia ignorancia.
  • Cuando no se logra alcanzar los objetivos en un proyecto, no importa si se trata de algo pequeño o grande, y se vive la experiencia del fracaso calificándonos de insuficientes, torpes, estúpidos, incapaces.
  • Sí durante una conferencia o una clase hacen preguntas y el facilitador o algún miembro del grupo no conoce la respuesta, puede sentirse degradado, humillado, incompetente al sentir que ha quedado en evidencia su ignorancia e ineptitud.
  • También ocurre en cuestiones de habilidades físicas si la persona no es muy diestra en algún deporte como el futbol, o en cuestiones técnicas como manejar un aparato o una computadora, arreglar un auto o una falla eléctrica, más aún cuando es una actividad que, por cuestión de género, se esperaría que domináramos y resulta que no es así, la persona puede sentirse igualmente avergonzada por creerse inferior a los demás.

La sensación de vergüenza puede ser todavía mayor si alguien se ríe, o hace algún comentario de burla provocando que

burla y rechazo de los demás
burla y rechazo de los otros

nuestras incapacidades queden aún más en evidencia ante los otros. Nos sentimos vulnerables ante el rechazo y los juicios y quisiéramos disuadir al otro de lo que piensa o contradecir lo que nos dice pero no sabemos cómo y eso nos hace sentir aún más inadecuados.

La razón por la que sentimos este malestar tan profundo es porque tenemos la firme creencia de que tenemos que ser hábiles en todo y cumplir cualquier expectativa del ambiente. También por eso, no nos atrevemos, simplemente, a decir: “No sé hacerlo”; “Desconozco de qué hablan”; “Ignoro la respuesta”; “No comprendí lo que explicó, ¿me lo puede repetir?” o, incluso, reírme de mí mismo cuando otros me gastan una broma por haberme equivocado, tropezado, o cometido cualquier otra torpeza.

La idea que subyace en las personas es que, si aceptan sus errores, sus fallas o equivocaciones, corren el riesgo de salir más lastimados y de ser rechazados por los otros: “Si descubren que no soy capaz, o si acepto que no sé hacerlo, ellos se darán cuenta que soy tonto, torpe, incapaz, inseguro, ignorante y me rechazaran”.

La persona asume, asimismo, que ese rechazo, implica tener que padecer sentimientos de humillación, vergüenza y dolor por no sentirse devaluado por los demás. Es por eso que prefiere ocultarse tras una máscara que, al final, puede dejar aún más en evidencia  sus incapacidades o debilidades.

Lo que muy probablemente la mayoría de las personas ignora, es que al resistirse a aceptar y sentir su vulnerabilidad mostrándose de manera auténtica, con sus capacidades y sus debilidades, se generará un mayor sufrimiento que si se atreviera a actuar con coraje (con el corazón) y se mostrara tal como es, empezando por aceptarse a sí mismo como ser humano con derecho a sus imperfecciones y sus errores y no como un objeto “perfecto” pero sin alma.

El riesgo de no ser auténtico

El resultado de tratar de ocultar la verdadera identidad y de no ser auténticos, evadiendo la realidad respecto a los propios límites, genera, tarde o temprano, irse aislando cada vez más de los demás, aunque la fantasía de la persona sea que, si no se muestra y los demás no descubren que es alguien inferior, débil, imperfecto, podrá seguir perteneciendo en conexión con los otros. Lo cierto es que, la única manera de que haya un contacto real, es a través de correr el riesgo de ser vulnerable y mostrarse de manera auténtica. Si esto no se logra, cualquier relación basada en la deshonestidad, es una relación frágil, inestable, poco o nada real, en pocas palabras, una relación artificial basada en imágenes y en hipocresías que puede llegar a lastimar mucho más.

Otro elemento que genera la no autenticidad, es el sentimiento de traición o de deslealtad hacia uno mismo por no ser capaces de aceptarse, lo que provoca que la autoestima salga duramente lastimada.

Si te interesó el tema de este artículo, visita el artículo titulado:

Dignidad y aceptación plena

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