Los costos de una conducta sacrificada

Cualquier persona – en diferentes momentos de la vida-, es capaz de sacrificarse por un bien mayor. Históricamente la mayoría de los seres humanos nos hemos sacrificado por el bien de la familia,  los hijos, la pareja o la comunidad. El sacrificio útil ayuda a preservar la especie y las civilizaciones.

Sin embargo hay quienes no reconocen el límite entre el sacrificio útil del inútil y construyen el hábito o la costumbre de sacrificarse más de la cuenta sin poder evitarlo, pensando que “es así como tiene que ser” o creyendo que es una prueba de que aman a los demás o que les importan y quieren su bien, sin poder reconocer que muchas veces hacen más daño con su sacrificio que bien.

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Los hijos: una oportunidad para crecer como personas

Educar es una de las labores más importantes que puede realizar un ser humano ya que, a través de ella, los niños van descubriendo quiénes son y quiénes pueden llegar a ser. Desde edades muy tempranas comienza a perfilarse la conexión – o desconexión – con la vida, el manejo de las situaciones difíciles, el tipo de relaciones que se establecen con los demás, la conciencia de los propios recursos, los sentimientos hacia uno mismo y cómo se sitúa uno ante el mundo.

Educar no es transmitir información o conocimientos. La vida es mucho más que eso. Educar es acompañar en el camino del autodescubrimiento, apoyar en los momentos de dificultad, y ofrecer las herramientas, estrategias y posibilidades para que los niños puedan adentrarse en la aventura de la vida confiados y encontrando su propio sentido.

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Cuando los hijos -irremediablemente- se van: síndrome del nido vacío

“En determinado momento de nuestras vidas, nos damos cuenta de que nuestros hijos crecieron, y han tomado la decisión de emprender un nuevo camino de independencia. Si bien, esto forma parte de la vida, muchas veces los padres se sienten abandonados y tristes. El síndrome del nido vacío, hace referencia a esta situación, se trata de un sentimiento de soledad generado por la ida de uno o varios hijos del hogar. Esta situación hace que los padres se dejen de sentir importantes para sus hijos y se sientan irritables y angustiados.”

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Las mentiras y el autoengaño: el cáncer para una relación

Engañar a otros o a nosotros mismos respecto a los que queremos en una relación de pareja es la mejor manera de no conseguir lo que estamos buscando o de creer que lo hemos conseguido de una forma que, más tarde o más temprano, generará conflictos, desilusiones y resentimientos.
El autoengaño se genera cuando la persona no quiere reconocer cosas evidentes por temor a desilusionarse, frustrarse o sufrir, pero, a la larga, el engañarse a uno mismo es la peor trampa para la felicidad e, irremediablemente, producirá un sufrimiento más grande que el de haber tolerado el dolor generado por hablar – y hablarse – con la verdad.

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Aprender a dar y a recibir agradecimientos y reconocimientos

A veces por modestia o por falso pudor o por supuesta educación, nos sentimos incómodos cuando recibimos un cumplido. Como si fuera “algo malo” el que otros nos agradecieran por algo que hemos dado o que hemos hecho por los demás. Por lo tanto, nos sentimos incómodos y tratamos de evadirlo de diferentes maneras: minimizando, rechazando, evadiendo, desviando, desvirtuando.

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El dolor ante la pérdida de la pareja

Ante una separación, pueden emerger muchas emociones y sentimientos encontrados, que van acompañados de pensamientos y creencias catastróficas que hacen que la persona se cuestione su valía, su capacidad de relacionarse o si realmente vale la pena volver a enamorarse, comprometerse y vivir en relación, cuando no hay nunca la seguridad de que sea para siempre, si no, por el contrario, que tendrá que enfrentar la incertidumbre de si el amor con otra persona vuelva a fracasar y se termine nuevamente el compromiso con las subsecuentes consecuencias.

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Quién te hace sufrir

“¿Quién te hace sufrir? ¿Quién te rompe el corazón? ¿Quién te lastima? ¿Quién te roba la felicidad o te quita la tranquilidad? ¿Quién controla tu vida?.

¿Tus padres? ¿Tu pareja? ¿Un antiguo amor? ¿Tu suegra? ¿Tu jefe? ¿Tus hijos?

Podrías armar toda una lista de sospechosos o culpables.

Probablemente sea lo más fácil. De hecho sólo es cuestión de pensar un poco e ir nombrando a todas aquellas personas que no te han dado lo que te mereces, te han tratado mal o simplemente se han ido de tu vida, dejándote un profundo dolor que hasta el día de hoy no entiendes.

Pero ¿sabes? No necesitas buscar nombres. La respuesta es más sencilla de lo que parece, y es que nadie te hace sufrir, te rompe el corazón, te daña o te quita la paz.

Nadie tiene la capacidad al menos que tú le permitas, le abras la puerta y le entregues el control de tu vida.

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