El Discurso del Rey, ganadora del Oscar, una metáfora de la terapia Gestalt

Por: Luis Fernando Martínez

La película ganadora del Oscar como mejor película del 2010 es desde mi punto de vista una metáfora sobre el desafío de recuperar la Propia Voz. La mayoría de nosotros, en algún momento de la vida – generalmente en la infancia-, renunciamos a nuestra propia voz por temor a que, si decimos todo lo que sentimos, pensamos o deseamos, vamos a ser juzgados o reprimidos por la sociedad que nos forma, incluyendo, por supuesto a nuestra familia. Es un proceso natural dentro de la educación y la socialización, sin embargo, si queremos tener una identidad propia, mas alla de todas las voces que aprendimos, que introyectamos como propias al grado de llegar a convencernos a nosotros mismos que son nuestras, tenemos en algún momento de la vida que re-encontrar la propia si queremos tener una identidad propia.  Debemos darnos cuenta de que tenemos una voz que es nuestra, que nos dice lo que realmente queremos, deseamos, pensamos, valoramos, y debemos escucharla hasta que llegemos a  creer en ella y seamos capaces de corer el riesgo de hacernos escuchar por los demás.

Pero ¿qué es es voz? ¿Qué significa? Esa voz es nuestra identidad que se construye de nuestros  sentimientos, nuestros pensamientos, ideas, creencias, valores, puntos de vista, de nuestra propia percepción del mundo. Si en el pasado renunciamos a hacer escuchar nuestra voz porque necesitábamos ser aceptados por nuestros padres y por otros para sobrevivir, al crecer, tenemos que enfrentar el miedo de hacerle saber a los demás que, si bien podemos ser semejantes en muchas cosas, también es cierto que somos diferentes en muchas otras, que tenemos una identidad propia, que tenemos el derecho a diferir en nuestros valores y creencias, en nuestra manera de ver la vida.

Es verdad que esto puede tener como resultado que la gente no lo acepte, que se moleste, que quiera alejarse de nosotros si no estamos dispuestos a seguir renunciando a nuestra voz con tal de seguir siendo aceptados o reconocidos, pero el costo de ser leal a los demás, es traicionarnos a  nosotros mismos y los costos pueden ser más graves que enfrentar el dolor y la frustración de que haya gente que no sea capaz de comprendernos y aceptarnos con voz propia.

Cuando llegamos a la adolescencia y nos damos cuenta de la necesidad de construir una autonomía (la capacidad de apoyarnos en nosotros mismos) si deceamos llegar a convertirnos en adultos, entramos en lo que se conoce en Gestalt como la fase de desarraigo. Es la etapa de nuestro desarrollo  cuando resurge en nosotros el deseo y la necesidad de construir una identidad, de tener una voz propia distinta, en muchos aspectos, a la voz de nuestros padres y de nuestra familia.

Este proceso es doloroso y genera miedo tanto a los padres como al adolescente (aunque ninguna de las partes sea capaz de reconocerlo), pero también es un proceso necesario si para llegar a convertirse en adultos. Si por miedo al rechazo o al desamor acallamos nuestra voz, corremos el riesgo de no llegar a constituir una identidad propia, y por tanto, de seguir dependiento eternamente de los demás para tomar decisiones, para actuar, es decir, mantener un estado “infantil” donde no seamos capaces de responsabilizarnos de nosotros mismos, es decir, de tener cierta autonomía necesaria para madurar.

Si esto es difícil en un medio común, cuanto mas difícil sera para alguien que pertenece a la monarquía como el personaje de la película y que tiene que ser leal a tantos valores y principios, a tantos intereses impuestos por dicha condición privilegiada en muchos aspectos pero a un costo muy alto.

La película muestra de manera brillante como un individuo a través de su sabiduría organísmica (la sabiduría de nuestro propio organismo), rebelándose a las imposiciones y exigencias del mundo exterior, genera sus propios ajustes creativos para sobrevivir, para protegerse de los ataques o presiones del ambiente.

El problema del protagonista, su tartamudez, es en realidad algo que lo esta protegiendo para no ser tragado por el sistema en el que vive. Es tanta la exigencia externa, que su ser lo protege tras ese aparente “defecto”. En algún momento de la trama de la película, él le comenta a su terapeuta que de niño fue reprimido por ser “zurdo” y castigado por ser “patizambo”, y no solo eso, el padre, el Rey de Inglaterra, fomentaba que los demás niños, incluso el hermano mayor del duque, se burlaran de sus “defectos” para obligarlo a corregirlo.

Siendo de una familia real, no le era permitido tener dichos defectos ni ser débil. No era digno de compasión ni de empatía, tenía que ser fuerte y por pura voluntad, superar sus debilidades pues esa es la obligación de quien pertenece a esa realidad. No hay opción ni la posiblidad de elegir algo diferente a menos de que se esté dispuesto a pagar un alto costo.

Pero el organismo es más sabio y ve más allá de esta supuesta “verdad indiscutible”. Ante esta presión extrema y la exigencia de superar dichos defectos físicos a costa de no ser él mismo, el Duque desarrolla sus propios medios instintivos para rebelearse y se vuelve tartamudo, de esta manera, es incapaz de cumplir con las obligaciones de su condición, como la de ser un buen orador y ofrecer discursos al pueblo como correspondía  al hijo de un rey.

Es una metafora de lo que puede ocurrir si queremos negar la propia voz por complacer a los demás hablando con una voz que no nos pertenece. El mensaje que recibe de sí mismo es que si quiere recuperar la capacidad de hablar con fluidez, tiene que aprender a conquistar su propia identidad, a expresarse siendo él mismo y no otro u otros.

Una empresa así es muchas veces tan difícil que no se tiene la oportunidad de superarla con éxito amenos que se cuente con el apoyo de otra persona. El personaje de la película, no sin dificultad, encuentra ese apoyo en su terapeuta.

Sin embargo, el Duque, aunque sufre y se siente tremendamente presionado y vulnerable, no déja de ser parte de su medio y se muestra defensivo en las primeras citas. Pide, por ejemplo, que el terapeuta se centre solo en el problema de la tartamudez, que se realice un trabajo mecánico y que no intente el especialista en indagar más allá en el mundo personal y los asuntos de su vida íntima.

El terapeuta, haciendo uso de sus habilidades, se muestra respetuoso ante la petición de su paciente y se “alía” con sus resistencias para poder construir una relación de confianza como base de todo el trabajo que desarrollará a lo largo del proceso. Sin embargo, plantea desde el primer momento la regla de la igualdad en la relación, básica en una terapia de corte humanista. Para ofrecer su ayuda, pide a cambio que se dejan de lado todos los protocolos y aprendan a relacionarse ambos como dos seres humanos, de manera auténtica, más allá de sus roles, de sus máscaras o títulos nobles o credenciales profesionales.

Esta “condición” o regla del terapéuta le provoca miedo y desconfianza al personaje central de la historia, pues está adiestarado por su medio a mostrar siempre una imagen fabricada – no auténtica – que no sólo le exige comportamientos muy puntuales, sino también negar o esconder sus verdaderos sentimientos, deseos o pensamientos. Sin embargo,  decide correr el riesgo y acepta la condición del terapeuta seguramente porque está cansado de tanto sufrimiento a causa de tener que vivir oculto en nombre de su sociedad.

El personaje del terapeuta es verdaderamente un hombre intuitivo, inteligente y compasivo, capaz de ver más allá de todos estos disfraces y defensas al alma de un hombre, como todos, que sufre a causa del esfuerzo que ha tenido que hacer para cumplir con las severas exigencias de su medio.

Así, poco a poco, como todo un terapeuta humanista, a través de sus actitudes de  autenticidad, aprecio positivo incondicional – aquel que se distingue por aceptar a la persona tal cual es, sin juzgarlo a condicionar a la persona si desea ser aceptada –  y a su  capacidad empática – la capacidad de ponerse en los zapatos del otro y vivir la realidad del duque “como si fuera la suya propia” desde su marco de referencia – , el terapeuta se va ganando su confianza hasta que logra llegar a su corazón y tocarlo, iniciando así, el proceso mágico de la transformación a través de la relación entre dos seres humanos iguales.

Este proceso no es sencillo, el hijo del rey a vivido mucho tiempo bajo gran amenaza y bajo excesiva presión de ser quien Debe ser de acuerdo al medio al que pertenece,  sin importar si él lo quiere en realidad o no. Quizá la parte más difícil que enfrenta durante todo el proceso sea la de aprender a confiar en un desconocido, habiendo vivido la experiencia desde niño que, incluso los seres que más deberían haberlo amado, sus padres y su hermano, no le brindaron el apoyo necesario, sino todo lo contrario.

¿Por que entonces debería confiar en un completo desconocido? Sin embargo, su propia sabiduría interior es la que lo lleva a ir poco a poco comprobando que este hombre es sincero y realmente quiere ayudarlo, pero no solo quiere ayudarlo a resolver su problema práctico de la tartamudez para que pueda ofrecer discursos por complacer, de nuevo, a su medio ambiente, sino que sabe que debe ir más allá, si realmente desea ayudarlo, no bastará con realizar un trabajo mecánico como le pide el duque, tendrá que ayudarlo a ser el mismo, a hablar con su propia voz, y no la con la voz de los demás que es a lo que su propio organismo se ha negado y se ha rebelado autoprotegiendolo de no traicionar su propia identidad.

El terapeuta no ve el síntoma, ve el fondo, el dolor y el miedo que generan el dicho síntoma, la sabiduría del ser interior que se protege a si mismo de no ser aplastado, destruido, sometido, y, gracias a esta gran capacidad de ver más allá, de reconocer el interior, de poder tocar el alma del Duque y no solo la capa externa, es que logra ayudarlo no solo a superar el problema de dicción, sino a creer en si mismo, a sentirse capaz de enfrentar su propia vida y, ya después, reinar sobre su pueblo, no con la voz del padre, ni del hermano, ni de ningun otro, sino con su propia voz.

El Discurso del Rey, es, en definitiva, una bella e inteligente metáfora de un proceso terapéutico que parece inspirado en la terapia humanista, en modelo del la Gestalt que intenta lograr un equilibrio entre la confrontación y el apoyo pero que parte, antes que ninguna otra cosa, de construir una relación sólida, humana, basada en la autenticidad, el respeto y la igualdad entre terapeuta y consultante, donde ambos son responsables del proceso, ambos colaboran y se arriesgan para alcanzar el éxito y el crecimiento no sólo del consultante, sino también de la persona del terapeuta y de la relación de ambos. Eso es lo diferente, lo mágico y lo maravilloso del modelo humanista y gestalt a diferencia de otros modelos terapéuticos que se enfocan más en las técnicas y en la teoría que en la parte humana. Nosotros, los gestaltistas, estamos completamente convencidos que lo que sana, más allá de cualquier técnica o método terapéutico, es la relación humana, la relación entre iguales, auténtica, respetuosa, de aceptación incondicional.

 

 

 

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