Perfil del Salvador del triángulo dramático

El Salvador es el rol dentro del triángulo dramático que se reconoce por su preocupación excesiva en relación a los sentimientos y las necesidades de los demás, sin importar que tenga que pasar por encima de sí mismo, con tal de proteger a los otros o ayudarles a alcanzar sus deseos.  
Un Salvador desea que todo transcurra sin sobresaltos y parezca perfecto; para conseguirlo, no se plantea la posibilidad en ocultar la verdad acerca de algo al otro – pensando que así lo protege de algún sufrimiento – ni tampoco se detiene cuando puede evitar situaciones difíciles o dolorosas, aunque éstas fueran oportunidades que pudieran ayudarlo a crecer y madurar.

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El triángulo dramático: Perseguidor, Salvador y Víctima

“Si te sucede algo con otra persona que hace que te sientas dolido, enfadado, culpable, ansioso, temeroso, resentido, exasperado, avergonzado, celoso, inerte, helado, atrapado, comprometido, confuso, desesperado o inadecuado, o con la sensación de haber sido utilizado, traicionado, controlado o incomprendido, entonces, no hay dudas, puedes estar seguro de que estás atrapado en un triángulo dramático.” (Edwars, G. 2011).

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Ladrones del dolor ajeno: el síndrome del rescatador.

Nadie tiene derecho a pretender resolver, antes de tiempo, el dolor de los demás. Por más amor que sienta por la persona que sufre, si realmente la amamos, debemos tener cuidado de no convertirnos en ladrones de su dolor, pues con eso, podríamos estarle robando muchas posibilidades de crecimiento.
La mayoría estará consciente de los pensamientos presentes en nuestra cultura en relación a que el dolor es algo malo que hay que eliminar, por lo tanto, se genera la idea equivocada de que, si queremos a alguien, tenemos que evitar a toda costa que sufra y, a la larga, provocamos en el otro una baja tolerancia a la frustración, más sufrimiento y más miedo de enfrentarse a las adversidades de la vida, pues no lo hemos dejado desarrollar sus propias capacidades para enfrentarse a las situaciones difíciles o dolorosas. Por eso es importante recordar lo que Buda nos enseñó hace más de 2500 años: En la vida, existe tanto el placer como el dolor. Sin uno no puede existir el otro y ambos son parte de nuestro aprendizaje y crecimiento.

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